Entrevista con Miguel Vázquez Liñán

 

"No debemos confundir la falta de información con la ausencia de conflicto"

Propaganda, identidad, conflictos internacionales. El profesor Miguel Vázquez Liñán permite a sus alumnos entender por qué la comunicación es un pilar indispensable para las Relaciones Internacionales. En su prolífica carrera profesional, cabe destacar que Miguel Vázquez es coordinador del Observatorio Eurasia, ha sido director de la Revista Científica de Información y Comunicación y es profesor en la Universidad de Sevilla. Se ha especializado en los estudios de teoría e historia de la propaganda, principalmente en la antigua Unión Soviética, así como en el uso propagandístico de la Historia. La pasada semana impartió un seminario especial para los estudiantes del Máster en Relaciones Internacionales.

En un artículo de 2009 reflexionaba sobre el periodismo y la propaganda de guerra en la actualidad. Analizaba que “la información de la guerra se ciñe al parte sobre número de muertos y heridos o a la cantidad de explosiones y objetivos dañados; es decir, aquellos aspectos cuantitativos y relativamente ‘contrastables’ de la guerra. Y quizás no estemos entonces hablando ya de periodismo objetivo, ni equidistante ni equilibrado, ni veraz, sino de una forma de informar que perpetúe la ignorancia sobre las motivaciones complejas del conflicto”. ¿Se está desinformando sobre la situación actual en Irak?

Creo que no atañe sólo a Irak, aunque incluye a Irak. Estamos un poco obsesionados con un periodismo de los hechos, cuando los hechos son siempre interpretables; lo que llamamos ‘hecho’ es en sí una interpretación. Destacamos una parte de un todo, y lo convertimos en ‘contrastable’ desde el punto de vista cuantitativo. Es decir, consideramos que es más creíble lo que tiene una cifra estadística: número de bombardeos, de muertos. Y nos olvidamos de por qué se ha llegado a esa situación.

Pienso que esta tiranía de las cifras no es buena para el periodismo. Los porcentajes son muy útiles cuando tienen un contexto, y también cuando se explica cómo se han medido, porque en numerosas ocasiones no sabemos cómo se ha llegado a la conclusión de ese porcentaje. Cuando una persona ha hecho alguna vez un estudio cuantitativo serio conoce las limitaciones de estos análisis. Pero cuando lo aplicamos como divulgación sólo damos el dato, no explicamos cómo se ha obtenido. Deja mucho que desear para la gente que no es especialista en el análisis de contenido, y no contrasta la información. Se queda con la cifra. No ocurre solo con la guerra, pero en ella es especialmente molesto el uso propagandístico de las cifras, que pretenden dar “objetividad” a la cobertura del conflicto.

Continuando la temática del periodismo de guerra, ha reflexionado en sus trabajos que existe una obsesión mediática por presentar ‘las dos caras del conflicto’, y que “rara vez un conflicto tiene dos caras”. Concluye que presentarlo de forma dual es cualquier cosa menos equilibrado.

Efectivamente, nunca hay dos caras de un conflicto. Existen todas las caras que impliquen un punto de vista diferente. Puede haber dos bandos en conflicto más o menos definidos, aunque suele haber más, pero rara vez podemos encontrar sólo dos interpretaciones.

¿Está pasando esto en Siria?

Está pasando en todos los conflictos. ¿Cuánto se ha explicado en los grandes medios de comunicación de masas –siempre podemos ir a publicaciones especializadas que detallan más lo que incumbe al tema de la propia publicación– sobre lo que está ocurriendo dentro de Siria?

Me parece que el acento se ha puesto en las visiones internacionales del conflicto. Es decir, qué decían las autoridades de Rusia, Estados Unidos o la Unión Europea. La información es la que es porque hay mucha más gente siguiendo la política exterior de Estados Unidos que la interior de Siria. Por tanto, es más fácil encontrar a un experto que nos diga cuál es la posición de Estados Unidos, que por supuesto, es importante. Y también es más fácil encontrar lectores para esas opiniones, ya que solemos elegir las noticias de las que algo sabemos (o creemos saber). Pero cuando interpretamos qué es lo que está ocurriendo dentro de Siria nos quedamos con pocos expertos y no demasiados lectores con intención de iniciarse en un tema nuevo para ellos. El resultado es que, a menudo, acabamos recurriendo a expertos que suelen hablar de generalidades de las Relaciones Internacionales que tienen que ver con el conflicto, son relevantes para él, pero no dejan de ser análisis relativamente externos. No se puede entender por qué la información que tenemos de Siria es la que es sin comprender como funciona el sistema de medios de comunicación internacional.

Una parte importante de su trabajo está relacionado con la “propaganda de paz”. ¿Puede darnos ejemplos de esos discursos que, en Relaciones Internacionales, fomentan la cultura de paz? ¿Debería ser la ONU su máximo exponente?

Naciones Unidas ha encabezado discursos muy interesantes a lo largo de su historia sobre el periodismo para la paz. Los que están trabajando sobre historia para la paz o resolución de conflictos quieren subrayar los momentos de diálogo, que probablemente son menos mediáticos, porque una guerra vende mucho más que la paz. La guerra siempre ha sido noticia; sin embargo, desde hace un tiempo, con el componente tan espectacular que aporta el periodismo, sobre todo el audiovisual, se subrayan mucho menos los esfuerzos por mantener la paz que los momentos de explosión de conflicto. La guerra da bien en pantalla, y la paz no tanto.

Un periodismo que apunte a la paz debe explicar las causas, no obsesionarse con la idea de neutralidad; ésta es importante, pero sin entenderla como la calificación de un conflicto en dos bandos y dos posturas. Son precisamente las dos posiciones que no pueden llegar a entenderse y que, por eso, han entrado en guerra. Hay otras que no se reflejan y que, posiblemente, están haciendo grandes esfuerzos para encontrar soluciones.

Ha trabajado sobre regiones, como el Cáucaso, Rusia o Asia Central, de características mediáticas muy particulares. Siendo áreas de interés estratégico, ¿se informa lo suficiente sobre ellas? ¿Cuáles son las principales dificultades mediáticas para cubrirlas?

En cuanto a Rusia, las dificultades no vienen porque no se permita la presencia de corresponsales; están presentes todos los medios internacionales importantes. Se centran más en el propio sistema interno ruso de medios de comunicación y en la política autoritaria de los gobiernos de Putin hasta el momento. Pone todo tipo de impedimentos, sobre todo para los periodistas que están tratando determinados temas, como son los Derechos Humanos, la oposición política en Rusia, y por encima de todo, los que han trabajado en las guerras en el Cáucaso y sobre asuntos de corrupción dentro de las instituciones.

El problema que tenemos en el Cáucaso es que casi no hay periodistas, porque ir al Cáucaso es jugársela a la hora de informar, y no solo porque haya una guerrilla y grupos terroristas, que sin duda los hay, sino porque no hay una política de intentar tratar al periodista como alguien que está informando y no tomando parte en uno de los bandos enfrentados.

Durante los periodos de guerra abierta en Chechenia, los periodistas eran casi objetivo militar. Eran acosados, resultaba imposible hacer un trabajo normal sobre el terreno. El problema es que ahora, supuestamente, el conflicto está más o menos resuelto, o eso dice Putin. Pero sigue habiendo unas condiciones tremendamente difíciles para los periodistas.

Hay un grupo de personas trabajando en Chechenia, miembros de organizaciones de Derechos Humanos que, a la vez, hacen labores periodísticas. Los que están informando son los pocos que se atreven a ir. No son necesariamente periodistas profesionales, pero son las únicas fuentes que existen más allá de las oficiales que hay en Chechenia y en la mayor parte del Cáucaso ruso. Todo esto hace prácticamente imposible saber qué está ocurriendo allí. Pero no hay que confundir eso con ausencia de conflicto.

¿Y qué ocurre en la situación mediática de Asia Central?

Esta parte de la antigua Unión Soviética ha sido -y sigue siendo- un lugar que ha “dado” muy pocas portadas. Existen regímenes autoritarios, aunque con grados diferentes, y dificultades para el periodismo más o menos libre. Al mismo tiempo, hay que sumar que nunca ha sido un área prioritaria para los medios occidentales. El problema es que la mayor parte de la gente lee sobre los temas que ya conoce. Suele citarse en los estudios sobre teoría de la información: solemos leer sobre cosas de las que ya sabemos algo.

Si una noticia sobre Kazajstán atrae poco, sobre Kirguistán menos, y sobre Turkmenistán nada; solo cuando ocurren sucesos muy espectaculares, como excentricidades de un dictador de la zona o atentados, se mencionan. Podemos identificar que es lo único que ocurre. Sin embargo, está pasando de todo, como en todas partes.

¿Y cómo es posible, siendo, por sus recursos, un área tan estratégica?

A lo mejor es por eso. Quizás lo mejor es que no se sepa con qué personas estamos negociando, o por lo menos que se tenga una idea vaga. Hemos tenido ministros de Exteriores que han ido a Asia Central, sobre todo a Kazajstán, pero sólo se ha explicado en una pequeña nota que ha estado en viaje de negocios, con empresarios. Eso debería ir en un contexto que explique con quién y sobre qué estamos negociando. A lo mejor saldrían a la luz contradicciones difícilmente sostenibles, como la de defender un discurso pretendidamente democrático y tratar con quienes representan lo que permanentemente criticamos.

Numerosos periodistas se quejan de que la UE hace excesiva propaganda, en vez de comunicación. ¿La información política institucional, por perseguir fines persuasivos, es por definición propagandística, o podría enfocarse de otro modo, en este caso, la comunicación comunitaria?

A mí me parece que es, por definición, propagandística, pero no necesariamente toda propaganda debe ser “moralmente reprobable”. Desde este punto de vista, lo que normalmente hacemos es juzgar moralmente los objetivos de esa propaganda. Y luego, en una jugada bastante propagandística ya de por sí, llamamos propaganda a aquello cuyos objetivos nos parecen mal, y comunicación e información a aquellas campañas cuyos objetivos nos parecen bien. Por eso, podemos llamar comunicación institucional a una campaña antitabaco, y nunca lo llamaríamos así si fuese sobre un tema que no nos gusta. Son las mismas herramientas, las mismas tácticas, los mismos métodos, hay una intencionalidad clara, pero el objetivo de un lado nos parece moralmente correcto y del otro no. Por eso le llamamos propaganda.

¿Estaría entonces justificado que las instituciones europeas tuviesen en su comunicación ese objetivo persuasivo y no informativo?

Yo creo que está justificado, otra cosa es que la Unión Europea sepa asumir sus errores y comunicarlos. Esto sería una propaganda institucional más sana. Es decir, si lo único que se hace es informar sobre las decisiones de una forma relativamente fría y excusando los graves errores en los que también se ha incurrido, estamos haciendo una propaganda clásica, sin ningún tipo de rendición de cuentas real. Casi nadie dice “nos hemos equivocado, y mucho, en esto”.

Y cuando hablamos de propaganda, siempre es algo que hacen los otros, “nosotros”… hacemos información.

Reportaje de Marta Hernández (05.02.2014)
Instituto Universitario de Estudios Europeos