Laura Alcaine Bonasa
Existe un lugar en el centro exacto del Mediterráneo donde pueden observarse, casi a simple vista, todos los problemas de la región a la vez. Se trata de Malta. Con apenas 316 km² y una posición geográfica que la sitúa a 290 kilómetros de la costa libia y a solo 93 de Sicilia, este pequeño Estado miembro de la Unión Europea se ve expuesto, de forma más directa que otros socios europeos, a los efectos colaterales de la inestabilidad tras las revueltas árabes, a la competición geopolítica entre grandes potencias en el Mediterráneo y, sobre todo, a la crisis migratoria. El canal de Sicilia, ese estrecho brazo de agua entre Malta e Italia, no es solo una ruta marítima; es el escenario donde convergen todas estas dinámicas.
Una de las fronteras más mortíferas del mundo
Desde 2014 más de 23.500 personas han muerto o desaparecido en el Mediterráneo y solo en 2023 se registraron 3.129 fallecimientos, la cifra más alta desde 2017. La mayor parte de esas muertes se concentra precisamente en el Mediterráneo central, en las rutas que tienen como destino a Malta e Italia a través del canal de Sicilia.
La explicación de esta letalidad concentrada está al otro lado del agua, en Libia. La caída del régimen de Gadafi en 2011 transformó radicalmente el país, que pasó de actuar como polo de atracción de mano de obra y freno efectivo de los flujos migratorios hacia Europa a convertirse en un pasillo abierto de dos mil kilómetros de costa sin control efectivo, fragmentado por tres guerras civiles, gobernado por milicias y penetrado por actores foráneos como Turquía y el antiguo Grupo Wagner, ahora Africa Corps. En ese vacío de autoridad, las redes de tráfico de personas encontraron el terreno perfecto para operar y Malta quedó situada en primera línea de sus consecuencias.
Demasiado pequeña para un problema demasiado grande
El problema maltés no es sólo geográfico, es también estructural. De acuerdo con Eurostat, Malta es el segundo Estado miembro de la Unión con mayor proporción de extranjeros en su población: un 30,9% a enero de 2024 frente al 4,9% que representaban en 2011. En poco más de una década, la isla ha pasado de ser una sociedad relativamente homogénea a convertirse en una de las más diversas de Europa, sin haber dispuesto del tiempo ni de los recursos necesarios para gestionar ese vuelco demográfico.
Quienes cruzan el canal de Sicilia no son una abstracción geopolítica, sino personas concretas que huyen de situaciones muy diversas: eritreos que escapan de una dictadura brutal, somalíes que huyen de décadas de guerra civil y del terrorismo de Al Shabab, sirios desplazados por un conflicto que se prolonga desde hace más de una década y subsaharianos que atraviesan un Sahel cada vez más desestabilizado por la expansión yihadista de Al Qaeda y el Estado Islámico. Malta los recibe pero no puede gestionarlos en solitario y sus centros de acogida llevan mucho tiempo desbordados. En los últimos años, la isla ha llegado a repatriar y reubicar a más personas de las que recibía por primera vez en su territorio, un dato que las autoridades han presentado como un éxito de gestión pero que en realidad refleja la presión insostenible que soporta un territorio tan diminuto.
Turquía, Rusia y el gas: algo más que un problema migratorio
El canal de Sicilia no es solo una ruta de migración: es también el punto donde confluyen los intereses de varias grandes potencias que utilizan la inestabilidad mediterránea en su propio beneficio.
Turquía es el actor central de este juego. Ankara envió combatientes islamistas desde Siria a Libia en 2019 y 2020 para apoyar al gobierno de Trípoli, consolidando así su presencia militar en el Mediterráneo central, a pocos cientos de kilómetros de Malta. Al mismo tiempo, emplea los flujos migratorios como instrumento de presión sobre la Unión Europea: en 2015 propició la mayor oleada de migración irregular que ha vivido la Unión. Desde entonces recuerda periódicamente a Bruselas que alberga en su territorio a varios millones de refugiados sirios, una cifra que rondaba los 3,7 millones en su momento álgido y que solo ha empezado a reducirse tras la caída de Asad en 2024.
Rusia, por su parte, apoya a través de Africa Corps al mariscal Haftar en el este de Libia manteniendo vivo el conflicto y, por ende, la inestabilidad que alimenta los flujos migratorios. Su objetivo es afianzar su presencia en un enclave estratégico del Mediterráneo y frenar la consolidación turca en la región. En definitiva, Malta no sufre únicamente las consecuencias de la pobreza o de la guerra: sufre las consecuencias de una partida geopolítica en la que es, simplemente, el territorio más próximo al caos.
Los límites de la respuesta europea
El diagnóstico central sobre la amenaza yihadista que se diseminó tras las revueltas árabes es certero: no ha desaparecido, ha mutado, y mientras no exista un esfuerzo coordinado para estabilizar los escenarios que la alimentan (Libia, el Sahel, Siria) el problema persistirá. La cumbre MED9, celebrada precisamente en La Valeta en septiembre de 2023 con nueve países del sur de Europa y la presencia de la Comisión Europea, produjo declaraciones de buena voluntad pero escasos compromisos concretos. Es un patrón que se repite: la amenaza exige un esfuerzo coordinado, sostenido y con recursos; la respuesta europea, en cambio, se resuelve casi siempre en reuniones y declaraciones de intenciones.
Con todo, el enfoque predominantemente securitario con que suele abordarse esta cuestión tiene un límite que conviene señalar. La migración aparece con frecuencia solo como vector de riesgo (canal de infiltración terrorista, fuente de inestabilidad) y apenas como la tragedia humana que también es. Las más de tres mil personas fallecidas en el Mediterráneo en 2023, concentradas en buena medida en el canal de Sicilia, merecen algo más que una mención en el apartado de riesgos de seguridad. Son la consecuencia directa de la misma inestabilidad regional, sí, pero también de una política europea de fronteras que ha apostado sistemáticamente por el control y la externalización antes que por la apertura de vías legales y seguras.
Malta no es solo un caso de estudio. Un país de 316 km² se ve obligado a gestionar en primera línea las consecuencias del yihadismo post-árabe, la competición geopolítica de las grandes potencias y la mayor crisis migratoria de las últimas décadas, sin los recursos ni la solidaridad europea necesarios para hacerlo. El canal de Sicilia, esas pocas millas de agua entre Malta y el caos libio, es hoy una de las fronteras más mortíferas del mundo. Y mientras Europa debate, las mafias operan, las muertes se acumulan y la inestabilidad que las genera no desaparece: muta.
Este artículo se incluye dentro de la Cátedra Jean Monnet «European Union’s external relations and Spanish Foreign Policy».
