
Ricardo Palomo-Zurdo
La transformación del orden geopolítico internacional, agudizada en los últimos años, obliga a Europa a revisar en profundidad su relación con África y, de manera particular, con los países situados en su vertiente septentrional. El norte de África no constituye únicamente la frontera meridional de la Unión Europea, sino un espacio estratégico en el que convergen la seguridad energética, los movimientos migratorios, la competencia entre grandes potencias, el terrorismo y la estabilidad política del Mediterráneo. Sin embargo, desde el inicio de la guerra de Ucrania, la atención europea se ha concentrado de forma prioritaria en su flanco oriental.
Esta pérdida relativa de atención resulta especialmente paradójica porque la guerra de Ucrania ha incrementado, y no reducido, el valor geopolítico del norte de África. Así, la necesidad europea de disminuir su dependencia de los hidrocarburos rusos ha reforzado el interés por el gas de Argelia y Libia, por las capacidades energéticas y logísticas de Egipto y por el potencial renovable de Marruecos y Túnez. A ello se suma la posibilidad de desarrollar corredores de electricidad renovable, hidrógeno verde y combustibles bajos en carbono entre ambas orillas del Mediterráneo. Como señalan Cardinale (2023) y Longa y van der Zwaan (2024), estas infraestructuras podrían contribuir simultáneamente a la diversificación energética europea y a la industrialización de los países norteafricanos.
No obstante, la relación energética no debería concebirse como una mera sustitución de proveedores. Si Europa se limita a buscar nuevos suministradores de gas, electricidad o minerales, corre el riesgo de reproducir las dependencias que pretende superar. Una asociación equilibrada debe generar valor en ambas orillas mediante inversión productiva, transferencia tecnológica, formación de capital humano, empleo local y desarrollo de cadenas industriales compartidas. De otro modo, la transición ecológica europea podría ser percibida como una nueva forma de extracción de recursos, en la que África asumiría los costes territoriales y ambientales mientras Europa concentraría los beneficios tecnológicos e industriales.
La dimensión energética está, además, condicionada por las tensiones políticas internas del Magreb. La rivalidad entre Marruecos y Argelia constituye uno de los principales obstáculos para la integración regional. Las divergencias sobre el Sáhara Occidental, el cierre de la frontera terrestre y la ruptura de diversos canales de cooperación afectan no solo al comercio, sino también a la seguridad, las infraestructuras energéticas y la lucha contra las redes criminales. La disputa argelino-marroquí ha adquirido también una dimensión gasista y diplomática que afecta directamente a España y al conjunto de la Unión Europea (el gasoducto Medgaz desde Argelia hasta la costa de Almería está operativo, pero el Magreb-Europa está inactivo al atravesar territorio marroquí desde Argelia). La diversificación energética europea puede reducir unas vulnerabilidades y, al mismo tiempo, crear otras si se concentra excesivamente en determinados países o corredores y la amenaza de inestabilidad político-militar y la acción exterior de Marruecos pueden llegar a crear un “flanco Sur” particularmente para España.
Libia representa un segundo foco de inestabilidad. Más de una década después de la caída de Muamar el Gadafi, el país sigue caracterizado por la fragmentación institucional, la coexistencia de autoridades rivales, la presencia de milicias y la intervención de actores externos. Su soberanía continúa siendo disputada y su reconstrucción política permanece incompleta. Libia posee importantes reservas de hidrocarburos, pero su relevancia trasciende la energía. Su posición en el Mediterráneo central la convierte en un territorio fundamental para las rutas migratorias, el tráfico ilícito y la proyección regional de potencias extranjeras. La debilidad del Estado permite que facciones locales, redes de contrabando y actores internacionales operen con una capacidad que difícilmente encontrarían en un marco institucional consolidado.
La crisis libia se conecta con la creciente complejidad política y de seguridad del Sahel. Mali, Burkina Faso y Níger han experimentado golpes de Estado, deterioro institucional y un alejamiento progresivo de Francia, la Unión Europea y las organizaciones regionales africanas. Simultáneamente, los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico han demostrado una notable capacidad para adaptarse a las condiciones locales y explotar los vacíos de poder. El terrorismo yihadista no puede interpretarse únicamente como un fenómeno religioso o militar. Se alimenta también de la debilidad institucional, de los conflictos comunitarios, de la pobreza, de la exclusión territorial, del desempleo juvenil, del tráfico ilícito y de la falta de servicios públicos.
La estabilidad requiere instituciones legítimas, administraciones eficaces, educación, oportunidades laborales y presencia del Estado en las zonas periféricas. El fracaso de varios modelos de intervención occidental ha reforzado, además, discursos antieuropeos que otras potencias han sabido utilizar, como China o Rusia. Europa necesita combinar seguridad, diplomacia y desarrollo, evitando tanto la retirada estratégica como la repetición de enfoques paternalistas, además precisa un norte de África más estable y en desarrollo que pueda absorber en el futuro la inmigración de una población creciente.
La dimensión demográfica refuerza aún más la relevancia estratégica de África para Europa. Según Naciones Unidas (2024), la población africana pasará de aproximadamente 1.500 millones de habitantes en 2024 a cerca de 2.500 millones en 2050, de modo que alrededor de una de cada cuatro personas del planeta vivirá entonces en África. El crecimiento será especialmente intenso en algunos países del norte del continente y del Sahel: Egipto aumentaría desde unos 117 millones de habitantes en 2024 hasta aproximadamente 162 millones en 2050, mientras que Níger, debido a su elevada fecundidad y a la juventud de su estructura demográfica, podría aproximarse a los 50 millones de habitantes a mediados de siglo. Nigeria constituye un ejemplo especialmente significativo, pues su población, estimada en unos 232 millones de habitantes en 2024, podría aproximarse a los 310 millones en 2040. Por lo que respecta al Magreb (Argelia, Marruecos, Túnez, Libia y Mauritania) pasaría de los actuales 111 millones de habitantes a 129 millones en 2040, lo que supondría un crecimiento cercano al 16% en apenas quince años. Estas tendencias profundizarán la asimetría entre una Europa envejecida, con una población activa tendente al estancamiento o la reducción, y unas sociedades africanas jóvenes y en rápida expansión. Este dinamismo puede transformarse en un importante dividendo demográfico si se acompaña de inversión en educación, creación de empleo, industrialización y fortalecimiento institucional; pero, en ausencia de esas condiciones, incrementará la presión sobre los mercados laborales, las ciudades, los sistemas educativos y sanitarios, la disponibilidad de agua y alimentos y los movimientos migratorios. La demografía, por tanto, no debe interpretarse como una amenaza en sí misma, sino como una variable estratégica cuyo impacto dependerá de la capacidad de los Estados africanos y de la cooperación euroafricana para convertir el crecimiento poblacional en desarrollo económico, estabilidad y oportunidades.
La política europea ha tendido a externalizar parte de la gestión migratoria mediante acuerdos económicos con los gobiernos de la región. Esta estrategia puede reducir temporalmente determinadas rutas, pero también favorece la instrumentalización política de la migración y plantea importantes dilemas en materia de derechos humanos. Además, no aborda las causas estructurales de la movilidad: falta de oportunidades, crecimiento demográfico, conflictos, deterioro climático e inseguridad alimentaria.
Un entendimiento duradero exige superar la lógica exclusivamente defensiva. Europa envejece y presenta necesidades laborales en numerosos sectores, mientras África concentra una población joven con grandes expectativas de progreso. La movilidad regulada puede generar beneficios para ambas regiones si se acompaña de vías legales, formación, reconocimiento de cualificaciones, migración circular y cooperación contra las mafias. Considerar toda movilidad africana como una amenaza impide reconocer su potencial económico y humano.
Por lo que respecta a la presencia de potencias extranjeras, Rusia ha aprovechado el vacío de Europa en la región mediante una combinación de cooperación militar, venta de armamento, apoyo a gobiernos y facciones, campañas de desinformación y participación de estructuras vinculadas al antiguo Grupo Wagner y al ahora denominado Africa Corps. Su estrategia se basa menos en grandes proyectos económicos que en instrumentos político-militares de coste relativamente reducido. Estos mecanismos permiten a Moscú ofrecer protección a gobiernos vulnerables, acceder a recursos y obtener posiciones estratégicas desde las que proyectar influencia sobre Europa. La literatura reciente identifica a Libia, Argelia y Egipto, así como a varios países del Sahel, como nodos relevantes de esta política, aunque no respalda la existencia de un dominio ruso uniforme sobre la región (Bamidele & Erameh, 2025).
En cuanto a la presencia china, responde a una lógica diferente. Pekín ha ampliado su influencia mediante el comercio, la inversión, las infraestructuras, las telecomunicaciones y la construcción y la financiación de proyectos vinculados a la “Iniciativa de la Franja y la Ruta” —Belt and Road Initiative (BRI)—, también llamada Nueva Ruta de la Seda, una potente estrategia internacional impulsada por China desde 2013 para financiar y desarrollar infraestructuras, transporte, energía, comercio y conectividad digital en Asia, África, Europa y América Latina, reforzando al mismo tiempo su influencia económica y geopolítica. Argelia ocupa una posición destacada en esta estrategia, pero la presencia empresarial china se extiende igualmente a Egipto, Marruecos y otros países africanos. China ofrece capacidad financiera, rapidez de ejecución y relaciones menos condicionadas por exigencias políticas que las europeas. Sin embargo, su creciente presencia no equivale necesariamente a una hegemonía incontestable. Los gobiernos norteafricanos conservan capacidad de negociación y utilizan la competencia entre China, Rusia, Europa, Estados Unidos y las potencias del Golfo para ampliar su margen de autonomía (Aluf, 2024; Gouasmia, 2025).
Décadas después del final del colonialismo, Europa debe abandonar tanto el paternalismo como la indiferencia. África no puede seguir siendo tratada únicamente como un proveedor de recursos, un receptor de ayuda o un espacio destinado a contener riesgos antes de que alcancen las fronteras europeas. Tampoco debería sustituir las antiguas dependencias coloniales por nuevas formas de subordinación comercial frente a otras potencias.
En un mundo multipolar, el peso relativo europeo disminuye en términos económicos, demográficos y tecnológicos. Su capacidad de influencia dependerá cada vez más de la calidad de sus alianzas. El diálogo euroafricano debe basarse en la reciprocidad, la inversión productiva, la transformación local de los recursos, la seguridad compartida y el respeto a las prioridades africanas. Europa puede y debe atender su flanco oriental, pero no puede permitirse ignorar el Sur. Su seguridad, su energía y buena parte de su prosperidad futura también se juegan en el norte de África.
Referencias
Aluf, D. (2024). Mirage of coercion: The real sources of China’s influence in the Middle East and North Africa. Survival, 66, 159–182. https://doi.org/10.1080/00396338.2024.2403227
Bamidele, S., & Erameh, N. (2025). Moscow’s African relations: Unveiling Russia’s strategy in Africa and its impact on global politics. Security and Defence Quarterly. https://doi.org/10.35467/sdq/206969
Cardinale, R. (2023). From natural gas to green hydrogen: Developing and repurposing transnational energy infrastructure connecting North Africa to Europe. Energy Policy, 181, 113623. https://doi.org/10.1016/j.enpol.2023.113623
Gouasmia, S. (2025). China in North Africa: The Algerian pivot. China Quarterly of International Strategic Studies. https://doi.org/10.1142/S2377740025500186
Longa, D. F., & van der Zwaan, B. (2024). Autarky penalty versus system cost effects for Europe of large-scale renewable energy imports from North Africa. Energy Strategy Reviews, 51, 101289. https://doi.org/10.1016/j.esr.2023.101289
United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division. (2024). World population prospects 2024: Summary of results (UN DESA/POP/2024/TR/NO. 9). United Nations. chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://population.un.org/wpp/assets/Files/WPP2024_Summary-of-Results.pdf

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