
Álvaro Silva
Ante la evidencia de un mundo que se transforma aceleradamente, y no precisamente en el sentido en que nuestra autocomplacencia había anticipado que lo haría, muchos son los que han vuelto a poner sobre la mesa la vieja idea de formar un ejército europeo. Como suele ocurrir en Bruselas, el debate político inicial ha derivado enseguida en una discusión sobre tecnicismos jurídicos, burocráticos y financieros que amenaza con ser interminable. Algunos miran de reojo los tratados y explican que si se generalizara la mayoría cualificada todo sería más fácil; otros proyectan comités y consejos de seguridad a imagen y semejanza del de Naciones Unidas; los militares diseñan academias y cuarteles generales y una legión de economistas inventa fondos, eurobonos y artificios varios de contabilidad creativa con los que financiar la Grande Armée del siglo XXI. En realidad, casi toda esta discusión es ociosa, pues una defensa europea creíble puede construirse, sin necesidad de un ejército europeo, con tal de que exista voluntad política, generosidad y sentido común.
Conviene empezar estableciendo varios principios fundamentales. En primer lugar, hay que recordar la obviedad de que cualquier estrategia de defensa comienza por no crearse enemigos innecesarios, sobre todo si dichos enemigos son, en realidad, socios potenciales y la única fuente de recursos compatible con el mantenimiento de una economía competitiva. En segundo lugar, es importante asumir que no habrá defensa europea mientras ésta se construya a partir de una organización liderada desde Washington. En cualquier alianza militar con los Estados Unidos, siempre serán estos los que tengan la última palabra y sus intereses los que definan la estrategia común. Finalmente, hay que comprender que una defensa europea verdaderamente federal supondría el fin definitivo de las soberanías nacionales, pues ningún país puede considerarse soberano si no es libre de elegir cuándo y contra quien debe tomar las armas. Por esta razón, el elemento federal de cualquier sistema defensivo europeo debe ser reducido y servir para complementar las capacidades nacionales, nunca para sustituirlas. Por el mismo motivo, debe rechazarse cualquier arquitectura de seguridad europea basada en el reparto de capacidades según criterios de especialización.
Asentadas estas bases, lo demás cae por su propio peso. La componente común de la defensa europea debe consistir, fundamentalmente, en una serie de potenciadores de las defensas nacionales (habilitadores militares críticos) que ahora aportan los Estados Unidos. Resultan imprescindibles los sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, lo que se traduce en la necesidad de poner a disposición de todos los miembros de la Unión Europea una extensa red de satélites y drones estratégicos. Es preciso garantizar la autonomía tecnológica en posicionamiento y guiado mediante el reforzamiento del sistema Galileo, y podría estudiarse también la organización de una defensa antimisil conjunta o de una flota de aviones de transporte, reabastecimiento y alerta temprana que facilite la proyección de fuerzas.
Además de estos multiplicadores, la otra gran capacidad que sería necesario mutualizar es la nuclear. En un mundo dominado de nuevo por la competición entre grandes potencias, la única opción de que la Unión Europa siga teniendo una voz reconocible pasa por dotarla de su propio arsenal atómico. Esto le permitiría generar una disuasión suficiente y, al mismo tiempo, evitar las tensiones que podrían derivarse de la aparición, en su interior, de programas nucleares nacionales. Aunque imperfecta, una opción realista sería la creación de una flotilla de al menos seis submarinos de misiles balísticos (SSBN), con financiación y tripulaciones provenientes de todos los Estados miembros, de cuyo control se encargaría un organismo ad hoc vinculado al Consejo Europeo. Sin lugar a dudas, la dificultad de decidir multilateralmente sobre el empleo de un arma nuclear constituiría un lastre permanente de la disuasión europea, pero, con todo y con eso, su mera existencia supondría un refuerzo importante para la Unión y los Estados que la integran. La gran incógnita es si se podría contar para este proyecto con la indispensable ayuda técnica y logística de Francia, cuyo compromiso con la defensa europea aparece con frecuencia en los discursos oficiales pero muy rara vez en el momento de ponerse manos a la obra y colaborar en programas concretos.
De lograrse todo esto y, en particular, una fuerza de disuasión nuclear modesta pero creíble, podríamos decir con cierta satisfacción que la Unión ha fortalecido significativamente la capacidad de sus miembros para defender sus intereses y territorios. Adicionalmente, podría desarrollarse un sistema de preferencias comunitarias en la compra de armamento o favorecer el desarrollo de ciertas capacidades nacionales que pudiesen beneficiar al conjunto de aliados europeos. Así, por ejemplo, la Unión podría impulsar la formación de un grupo de portaaviones en sus tres marinas más importantes -la francesa, la italiana y la española- para garantizar en todo momento la disponibilidad de uno de ellos.
Poco más es necesario. Tan solo que la defensa vuelva a ser una prioridad de los gobiernos nacionales, que dejemos de gastar en utopías descarbonizadas y que nunca más inoculemos en los europeos el virus de la autoflagelación y el odio hacia todo lo que históricamente ha modelado su identidad.
No es cierto que no se puedan desarrollar una política y una industria militar ambiciosas si no es multinacionalmente; los ejemplos de Turquía, Japón, Corea del Sur o Israel demuestran lo contrario. No es cierto que la defensa europea exija un ejército común, ni que el futuro del continente pase por su federalización obligatoria. Es posible crear una Unión que, respetando la independencia de sus miembros, multiplique y fortalezca sus capacidades, también en el ámbito de la defensa. Decir lo contrario es, simplemente, asustar para construir algo que nadie ha pedido que se construya.