Laura Alcaine Bonasa
Miles de personas entran cada año en la Basílica del Pilar de Zaragoza y se detienen frente a dos pequeños proyectiles metálicos, niquelados y expuestos con solemnidad junto a la Santa Capilla, rodeados de banderas hispanoamericanas. Para muchos de los que se santiguan ante ellos, esas dos bombas son la prueba física de un milagro: la Virgen del Pilar detuvo en el aire cuatro artefactos que deberían haber reducido el templo a escombros. La historia real, la que consta en los archivos militares, es bastante menos sobrenatural y bastante más incómoda para quienes la contaron durante cuarenta años.
Cuatro bombas que cayeron en silencio
Eran poco más de las dos y media de la madrugada del 3 de agosto de 1936, apenas quince días después del golpe militar que había arrancado la Guerra Civil. Un avión del bando republicano sobrevoló Zaragoza, una ciudad que había quedado del lado sublevado tras el alzamiento, y dejó caer cuatro bombas sobre la Basílica del Pilar. Ninguna de las cuatro explotó. Dos impactaron en el interior del templo y quedaron destrozadas por el golpe, dañando de forma irreversible parte de las pinturas que Goya había realizado en la bóveda del Coreto de la Virgen; una tercera se clavó en el pavimento de la plaza, dejando marcada una cruz que todavía hoy señala el lugar exacto del impacto: la cuarta corrió una suerte similar. Sin embargo, ninguna de ellas detonó.
La prensa del bando sublevado no tardó ni un día en dar con la explicación que necesitaba: fue un milagro de la Virgen, que había protegido su propio templo de la que llamaron «barbarie marxista». La noticia corrió por toda España, y ocho décadas después sigue corriendo casi con la misma fuerza.
Un informe balístico y un teniente coronel que nunca existió
La explicación técnica, sin embargo, estaba disponible desde el primer momento, firmada por el propio Ejército sublevado. Uno de los proyectiles caídos en la plaza fue retirado intacto y analizado en el Parque de Artillería de Zaragoza. El informe balístico concluyó que la espoleta sí había llegado a activarse parcialmente, pero que las bombas necesitaban ser lanzadas desde una altura mínima (en torno a los 500 metros) para armarse del todo antes del impacto. El avión, según esa misma explicación, había volado demasiado bajo, probablemente para no fallar el objetivo, y ese mismo descenso fue lo que impidió que los artefactos llegaran a detonar.
Aquí es donde la historia oficial empieza a resquebrajarse. Investigaciones posteriores sobre la documentación de los archivos militares han descubierto que el teniente coronel que supuestamente firmó aquel informe técnico, identificado en la prensa de la época como «Cella», no existía: el verdadero jefe de la Maestranza de Zaragoza en esas fechas era el teniente Manuel Galbis Golf. El «informe técnico» resultó ser, en realidad, un reportaje de prensa publicado sin firma real. Ni siquiera la identidad del piloto que lanzó las bombas está totalmente resuelta: la prensa rebelde de la época señaló a un joven aviador destinado en el aeródromo del Prat, aunque los detalles de aquella misión, si actuó con o sin órdenes, siguen siendo objeto de debate entre historiadores casi noventa años después.
Lo más revelador de todo el episodio es que la propia Iglesia católica jamás ha reclamado el milagro que la prensa y la devoción popular le atribuyeron. Como recuerda el canónigo de la basílica, la realidad histórica del bombardeo «está fuera de toda duda», basta con mirar los boquetes que todavía perforan la bóveda y la cruz de mármol en la plaza, pero la explicación sobrenatural nunca fue una posición oficial del templo. Tampoco fue un caso excepcional: buena parte del armamento con el que ambos bandos combatían al inicio de la guerra era anticuado y defectuoso, y no faltaron episodios de sabotaje entre los propios servidores de la aviación y la marina republicanas. Zaragoza, además, no fue bombardeada una sola vez: la ciudad sufrió 43 bombardeos a lo largo de la guerra, con alrededor de 119 muertos y 248 heridos, entre ellos el centenar de víctimas que causó un ataque especialmente grave en mayo de 1937 sobre la calle Don Jaime I. El episodio del Pilar no fue el más letal de todos ellos. Fue, simplemente, el que mejor servía a un relato.
Esa historia ha sobrevivido a la dictadura, a la democracia y a casi un siglo de investigación histórica, y hoy sigue exhibiéndose en un pilar de mármol junto a la Santa Capilla, con dos bombas niqueladas que miles de personas siguen fotografiando cada año como prueba de fe. Nadie ha retirado ni las bombas ni la leyenda.
Este artículo se incluye dentro de la Cátedra Jean Monnet «European Union’s external relations and Spanish Foreign Policy».
