Cristianos perseguidos (II): La paradoja nigeriana

10/7/2026

Imagen obtenida de acninternational.org

Jaume Vives

El 23 de diciembre de 2023, mientras millones de hogares se preparaban para celebrar la Nochebuena, unos hombres armados irrumpieron en varias aldeas del estado de Plateau, en el centro de Nigeria. Entraron casa por casa, quemando viviendas y disparando contra quienes intentaban huir. Al amanecer, más de mil cristianos habían sido asesinados y otros miles habían huido dejándolo todo atrás. Aquel año los villancicos se tornaron cantos fúnebres.

La noticia ocupó algún titular, pero sobrevivió tan solo unas pocas horas al ruido informativo. Después, como de costumbre, silencio. Silencio muy llamativo siendo la persecución religiosa en Nigeria la más cruel y de mayores proporciones en nuestro tiempo.

Nigeria no es el único lugar donde se persigue a los cristianos, aunque sí donde más, pues allí confluyen todos los elementos que definen la violencia religiosa del siglo XXI: terrorismo yihadista, colapso institucional, desplazamientos masivos, conflictos por la tierra, secuestros, impunidad…

Cuando hablamos de persecución solemos pensar en las pequeñas minorías de países de Oriente Próximo: Irak, Siria, Pakistán… pero en el caso de Nigeria hablamos de una gran mayoría, pues se trata de uno de los países con más cristianos del mundo.

Según el Pew Research Center, en 2020 en Nigeria había 92,8 millones de cristianos y 120 millones de musulmanes en una población que supera los 230 millones. Otras organizaciones elevan la cifra de cristianos por encima de los 100 millones.

Nigeria alberga más cristianos que la mayoría de los países europeos y sin embargo cada año aparece en los primeros puestos del World Watch List elaborado por Open Doors, siendo el país con más cristianos asesinados a causa de su fe. Esa es la paradoja, mientras en Oriente Próximo parece que el cristianismo poco a poco desaparece por la emigración y la guerra, en Nigeria sigue aumentando, al tiempo que la persecución es mayor.

Existe la idea de que esa persecución empezó con la aparición de Boko Haram pero, la verdad sea dicha, el terreno llevaba décadas abonado.

Cuando en 1960 Nigeria se independizó del Reino Unido heredó unas fronteras que agrupaban pueblos, lenguas y tradiciones profundamente distintas. En el norte predominaban los antiguos emiratos musulmanes marcados por siglos de islamización. En el sur las misiones cristianas, las escuelas y la administración británica habían tenido mucha más presencia.

Entre ambas regiones quedó una inmensa franja central, el Middle Belt, donde convivían comunidades musulmanas, cristianas y religiones tradicionales africanas. Durante un tiempo pareció posible la convivencia, pero pronto comenzaron las tensiones. La guerra de Biafra (1967-1970) dejó entre uno y tres millones de muertos, la mayoría por hambre y enfermedad. Aquella guerra creó una enorme desconfianza entre regiones y mostró la debilidad de un Estado incapaz de integrar sus diferencias.

A ello hay que sumarle la explosión demográfica, la desertificación del norte, la competencia por las tierras agrícolas, la corrupción, la proliferación de armas y, finalmente, el yihadismo.

En los 2000 surgió Boko Haram por la inoperancia demostrada por el Estado en Nigeria y el fracaso del intento democrático. El problema, se decía, era que Nigeria se había alejado de Dios, la educación occidental los estaba corrompiendo y era necesario un orden islámico. En 2009, después de la muerte del fundador, y bajo el liderazgo de Abubakar Shekau, se radicalizó todavía más y comenzaron los atentados suicidas y las iglesias se convirtieron en objetivos habituales. Igual que las escuelas, los mercados o incluso aquellas mezquitas cuyos imanes no se adherían a los postulados de Boko Haram.

Pero no fue hasta 2014 cuando el mundo conoció a Boko Haram debido al secuestro de las niñas de Chibok, donde fueron raptadas 279 mujeres. La respuesta fue una campaña a nivel mundial que rezaba Bring Back Our Girls.  Aunque en ese momento ya habían sido destruidas cientos de iglesias y miles de cristianos asesinados.

Pero si Boko Haram desapareciera mañana, la persecución y la violencia continuarían, especialmente en el Middle Belt, donde las tensiones entre agricultores sedentarios (muchos de ellos cristianos) y comunidades pastoriles (principalmente los fulani) van en aumento. Estamos frente a una realidad extremadamente compleja, donde los problemas son múltiples: étnicos, religiosos, políticos, económicos…

En lo que va de 2026 algunas fuentes apuntan a que el número de cristianos asesinados ya asciende a mil cuatrocientos y el de secuestrados a mil ochocientos. La lista de atentados es tan larga que, los que tengan estómago y moral, pueden darse un paseo por las webs de Ayuda a la Iglesia Necesitada u Open Doors para ver hasta qué punto hablamos de un problema presente, literalmente, en el día a día de la comunidad cristiana en Nigeria.

Y sin embargo, como decíamos al principio del artículo, la Iglesia en Nigeria no está agonizante, ni mucho menos. Está herida, sí, como en tantos otros lugares, pero llena de vida. Los seminarios, colmados de jóvenes, las parroquias, con una vida de fe vibrante, los sacerdotes, predicando en zonas de muerte y los obispos, dispuestos a no callar y permaneciendo junto a su rebaño. Miles de mártires contemporáneos que no han llegado todavía a los altares pero que ya forman parte de la Iglesia triunfante.

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