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Los duendes que derrotaron a un imperio sin lanzar una sola piedra

21/10/2025

Laura Alcaine Bonasa

Un turista que camina distraído por el centro de Wrocław (Polonia) puede pasar horas sin darse cuenta de que le observan. A la altura del tobillo, escondidos junto a una farola, asomando por una alcantarilla o dormidos en el alféizar de una ventana, cientos de diminutas figuras de bronce vigilan la ciudad. Son los krasnale, los duendes de Wrocław, y hoy son poco más que un juego para turistas con cámara en mano. Pero no siempre fueron inofensivos: hubo un tiempo en el que un régimen comunista los persiguió con más empeño que a cualquier disidente político. Y, contra todo pronóstico, ganaron los duendes.

El absurdo como arma contra un régimen que no sabía reírse

La leyenda popular, la que se cuenta a los niños antes de dormir, sitúa el origen de estos duendes mucho antes del comunismo: habrían nacido para ayudar a los habitantes de la ciudad a derrotar a un diablillo que habitaba las aguas del río Óder, protegiendo el puente y el vado que daban vida a la Wrocław medieval. Es una leyenda bonita, y como casi todas las leyendas bonitas, no es la verdadera historia. La verdadera historia de los duendes de bronce que hoy pueblan la ciudad no tiene ni quinientos años ni una gota de magia: nació en 1981, en plena ley marcial polaca, de la cabeza de un estudiante de historia del arte llamado Waldemar Fydrych.

Fydrych, conocido como «el Mayor», fundó en Wrocław un movimiento con un nombre que ya era una declaración de intenciones: Alternativa Naranja. No era un partido ni una organización clandestina de resistencia armada, sino un colectivo de artistas y estudiantes que practicaba lo que ellos mismos llamaron «socialismo surrealista»: oponerse al régimen no con manifiestos serios, sino ridiculizándolo con happenings públicos, disfraces y actos sin ningún sentido aparente. Su estrategia no fue la huelga ni la manifestación clásica, sino algo mucho más difícil de reprimir: el absurdo. Cuando la policía comunista borraba las pintadas antigubernamentales de las paredes de la ciudad, dejaba tras de sí manchas de pintura rectangulares sobre las que el movimiento aprovechaba para pintar un pequeño duende sonriente con gorro naranja. La policía no podía detener a nadie por pintar un gnomo. Entre 1985 y 1988 los duendes se multiplicaron por los muros de la ciudad como una plaga incontrolable, y el 1 de junio de 1988 el movimiento organizó su acción más ambiciosa: cientos de personas marcharon por el centro de Wrocław vestidas con gorros naranjas de duende, en la mayor movilización callejera del absurdo político que Polonia había visto nunca. Hubo detenciones masivas, sí, pero ¿cómo se acusa formalmente a alguien de subversión por llevar un gorro de gnomo?

De la cárcel al pedestal

El comunismo cayó en Polonia en 1989 y los duendes, cumplida su misión, desaparecieron durante más de una década de las calles de Wrocław. No volvieron en pintura, sino en bronce: en 2001 el ayuntamiento instaló en la calle Świdnicka, el mismo lugar donde se concentraban las protestas de Alternativa Naranja, la primera estatua conmemorativa bautizada como Papa Krasnal, el padre de todos los duendes. Lo que empezó como un homenaje puntual a un movimiento de resistencia pacífica se convirtió en un fenómeno urbano que nadie había planeado del todo: instituciones públicas, universidades, empresas privadas y hasta particulares empezaron a encargar sus propios duendes, cada uno vinculado a un edificio, un oficio o una anécdota local. Hoy existen aplicaciones móviles para cazarlos, mapas en papel que se venden en las tiendas de souvenirs y un ranking de turistas exploradores; las cifras oficiales varían según la fuente, pero rondan entre las 300 y las 600 figuras censadas, con estimaciones no oficiales que hablan de más de mil repartidas por toda la ciudad.

Una polémica que la mayoría de turistas ignora

No todo el mundo en Polonia celebra el éxito comercial de los duendes. Hay activistas de aquella generación, algunos de los cuales fueron detenidos, interrogados o encarcelados por el régimen durante los años de la ley marcial, que consideran que convertir el símbolo de su resistencia en una atracción para selfies banaliza lo que en su día fue un riesgo real: perder la libertad por pintar un muñeco. Es una tensión que rara vez aparece en las guías turísticas, pero que conviene tener presente la próxima vez que alguien se agache a fotografiar a uno de estos duendes sonrientes: bajo el bronce hay una advertencia que el comunismo aprendió por las malas y que muchos regímenes autoritarios siguen sin entender. No hace falta un ejército para derrotar a un poder que se toma demasiado en serio a sí mismo. A veces basta con un gorro naranja y la certeza de que nadie te va a detener por reírte de él.

Este artículo se incluye dentro de la Cátedra Jean Monnet «European Union’s external relations and Spanish Foreign Policy».

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